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La cultura del silencio en los medios de comunicación cubanos Imprimir Correo electrónico
Domingo 21 de Agosto de 2016 19:03

Por René Fidel González García

 

En la primavera del año 2010, el extinto Alfredo Guevara Valdés, posiblemente uno de los últimos intelectuales renacentistas cubanos, sajaba a la prensa cubana en la Facultad de Comunicación de la Universidad de la Habana, en un ejercicio de agudeza y consecuencia crítica. En aquel entonces Alfredo ponía en duda, con declarado optimismo, pero con un desamparo escalofriante, la existencia de un paradigma actual de periodismo en Cuba. Hablaba con estudiantes y profesores, y se preguntaba: "¿qué ejemplo de periodismo le podemos poner a ustedes?". El último Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), con la presencia de directivos del instituto rector de la radio y la televisión, así como de altos funcionarios de organizaciones políticas y gubernamentales, trató también no pocas de las insatisfacciones de los profesionales de los medios cubanos de comunicación y las de la población.

 

Sin embargo, cuando Guevara señalaba la orfandad de paradigmas de los estudiantes cubanos de periodismo no hacía referencia a la ausencia de un modelo de formación profesional. Al margen de las críticas que se le pueden hacer, la calidad de escritura, la voluntad de predominio de un estilo pulcro y exigente en la mayoría de los trabajos, la altísima preparación post-graduada de muchos de ellos para un ejercicio ético y profesional superior y el despliegue de una agenda temática amplia y profunda por la diversidad de los temas y la seriedad de abordajes realizados, ajenos, casi absolutamente, a presupuestos de frivolidad y superficialidad –por sólo citar algunas de sus cualidades positivas–, caracteriza en buena medida la producción periodística cubana. El rastro que dejaba su disquisición, que prosiguió luego desgranando en otras universidades del país, apuntaba, por el contrario, al desastre que entrañaría para la sociedad y el proyecto político cubano que el amasijo formado por la minuciosa oficialización de cada aspecto de la vida cotidiana, la censura, la autocensura y el secreto, se consagrasen, definitivamente, como el paradigma de los medios de comunicación cubanos.

 

Aunque la aparición de estos elementos negativos –y su oscura, clandestina, e inconstitucional normatividad– puedan estar condicionados por las contracciones de los retrocesos y deformaciones de la ética política revolucionaria ocurridas en los segmentos de peligrosidad histórica más agudos que se atravesaron en Cuba en las últimas cinco décadas, o al mismo tiempo, ser resultado de la importación del denso y opresivo sistema soviético de control de la información, es indudable que se instauraron con vocación de convertirse en un paradigma sistémico –también profesional– que quizás desde muy temprano no solo fue el nicho ecológico que proporcionó protección e impunidad a la burocracia y difuminó gradualmente (hasta lo imposible) las zonas de contacto de la ciudadanía y el Estado –sobre todo en provincias, municipios, caseríos y poblados–, sino que también, y contradictoriamente con el papel que debieron jugar los medios dentro del proyecto revolucionario, acabó por hacer de la extensa y complejísima realidad cubana su punto ciego por excelencia.

En otro sentido, la función propagandística de los medios, exacerbada, contaminada y orientada por idénticas funciones ejercidas por el aparato partidista cubano y el de muchas de las organizaciones de masas, fue la herramienta que limitó paulatinamente lo que había sido una de las plataformas más eficientes para propiciar y expresar auténticamente los comportamientos políticos de los cubanos y movilizarlos alrededor de un proyecto propio, y la que produjo, finalmente, la sobre-exposición de la población a proyectos, planes y cambios de visiones del futuro, y la aparición de un fenómeno que alguna vez he llamado "el hastío utópico".

Tanto la tendencia de no asumir la complejidad de la realidad, como la de presentarla a través de un travelling inacabable de éxitos, retos y nuevos planes que invisibiliza al país y sus gentes –sus proyectos de vida y problemas, contradicciones, aspiraciones, fracasos e irrealizaciones, sus flaquezas y defectos– han sido incorporadas hasta hoy a las insatisfacciones de amplios sectores de la población cubana que valorizan los medios de información como espacios de conocimiento, debate, crítica, análisis, deliberación, juicio e información de la realidad de la sociedad, o por aquellos integrados por personas que han crecido en sus márgenes lúdicas y de entretenimiento, u otros, que se han desconectado cada vez más de ellos, saturados por su carga propagandística, o respondiendo, más que a una visión crítica propia, a la circulación y reproducción de estereotipos negativos sobre su funcionamiento y calidad.

En cualquier caso, y aunque aún resguardadas en el difuso borde existente entre las opiniones privadas y las públicas, ambas tendencias han contribuido, cada vez más, a una comprensión social común que las integra culturalmente como parte de una estrategia dominante que implementa lo gubernamental y lo político cubano en el manejo de los medios de comunicación.

Paradójicamente, los que se encontraron en las reuniones del último Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) quizás eran conscientes de que el hecho de que los medios de comunicación cubanos, y el propio trabajo periodístico, estuviesen dentro y fuera del plenario bajo fuerte cuestionamiento por la sociedad cubana en su conjunto, podía ser interpretado tanto como un indicador del valor y la trascendencia para la vida cotidiana que le otorgan sectores muy importantes de la población, como una expresión del desafío que supone la urgencia de replantear su función dentro del proyecto y el proceso revolucionario cubano.

En otra oportunidad he reflexionado sobre los conductos tendidos desde la familia y la educación por los que se puede experimentar, o aprender a usar, el silencio como estrategia, y de cómo este puede confluir al conjunto de instituciones de una sociedad, caracterizando las interacciones que en ellas se producen. Es algo que, en ningún caso, se puede ignorar, pero cuando esas dinámicas de reproducción del silencio alcanzan los medios de comunicación, ya sea como directrices de su funcionamiento, o como conductas e ideas culturalmente dominantes, se establecen entonces de una forma duradera en nuestra ecología personal.

En la diversidad de los medios, y dada la innegable centralidad y preponderancia que tienen en la vida cotidiana, el silencio muta rápidamente a su forma cultural más viral, puesto que la cultura del silencio que progresa desde las estructuras internas de la familia y de la educación, se distribuye luego a la sociedad a través de los medios de comunicación hasta hacer de estos –en su variedad y distintos alcances–, el tramo final de un ciclo cerrado de reproducción social sumamente eficaz y continuo.

En el caso de las estructuras e instituciones, las asociaciones e individuos que hacen parte de los medios de comunicación, incluso aquellas que existen en las comunidades, o en el espacio virtual de las redes sociales y la emergente blogosfera nacional, la importancia de asumir el desafío del replanteo de la función de los medios de comunicación en Cuba no trata solo de un "cambio de mentalidad", como se ha intentado debatir en la sociedad cubana desde lo político, sino, más explícita y ambiciosamente, de sintonizarlos a la necesidad de un profundo cambio social y jurídico que advierta y lleve a la práctica, resueltamente, la interrupción de aquellas dinámicas de funcionamiento dentro las instituciones –y de la sociedad– que le puedan conducir a ser agencias de reproducción del silencio.

Aunque sea cierto que las instituciones pueden ser en última instancia, detenidas, entorpecidas y limitadas por la cultura de quienes participen en su funcionamiento, es su diseño y principios rectores, y sobre todo sus prácticas reales, sus normas y la existencia y posibilidad del control –y exigencia– público, los que determinarán dentro de ellas la cultura de los hombres y las mujeres que las integran.

Ese replanteo tendrá que hacer de la democratización de los medios de información, de su acceso ciudadano y control público, una de las metas más inmediatas. "Ciudadanizados" y reubicados dentro –y como parte– de la esfera pública, los medios de comunicación podrán ser desplegados, entonces, en todas sus potencialidades.

Sin embargo, aunque crucial, la alta sensibilidad que ha tenido para el sistema político cubano cualquier cuestión relativa al diseño y funcionamiento de los medios de comunicación, no puede confundirse con la importancia real que estos tienen. Su blindaje y defensa como sector clave de la esfera pública de nuestra sociedad es también necesario y urgente, a corto plazo, en el campo jurídico(7), también en el de los valores y las creencias sociales. La emergencia de nuevas y múltiples formas sociales de trasmisión de contenidos puede, pese al aparente dominio que la centralización y uniformidad de los medios oficiales proporciona, acabar por acorralarles y aislarlos. La ritualización conduce a la parálisis.

De algo se puede estar seguro: las posibilidades de la restauración capitalista en Cuba, y el sucesivo empoderamiento, hegemonía y dominio de una nueva clase política y sus matrices económicas, estarán necesariamente vinculadas a su capacidad final de hacerse del control de los medios. Un control que será alcanzado siempre después de lograr desde el propio cuerpo del Estado –pasando por acelerados ejercicios de idiotización y alienación de la población, vitales para el logro de la hegemonía capitalista– su privatización y el despojo de sus funciones y características públicas. No hay por qué creer que ese control será inmediatamente material, por el contrario, la experiencia indica que las primeras posiciones a tomar serán las simbólicas e ideo-estéticas, por su potencial para producir –y gestionar– una rápida acumulación cultural.

Curiosamente, cuando discutía algunas de las ideas anteriores con un viejo amigo este me preguntó si de lo que hablaba era de desarrollar una versión tropical de una de las ramas de la perestroika. Le señalé entonces el valor y alcance de la paradoja que representaba un evento como el ciclón Sandy, que siendo muy dramático para una ciudad que se creía a salvo detrás de sus baluartes montañosos, permitió a los santiagueros descubrir con asombro, los extendidos cinturones de pobreza que le rodeaban –ocultos tras su topografía y flora– , y poderlos identificar como tales –desastres íntimos, dolorosos y pre-existentes de una ciudad orgullosa– dentro de las imágenes superpuestas de los devastadores daños ocasionados por el fenómeno meteorológico que trasmitía la televisión nacional, que eran –lo habían sido antes y lo seguirían siendo después–, increíblemente omisas en cuanto a ellos.

El problema es que esa deuda de realidad presente en los medios de comunicación –y me refiero también al acumulado histórico de esa deuda–, es necesariamente societaria y, como todas las deudas, tiene una cualidad permanente y fatal: lastra. En nuestro caso nos impide tomarnos en cuenta, asumirnos, integrarnos, movilizarnos, al mismo tiempo que ofrece una coartada infinita a la mediocridad, la abulia, la codicia, la ambición y el poder, o a sus probables y casi infinitas combinaciones.

En ese sentido es que los medios de comunicación funcionan dentro de una sociedad como un sistema inmunológico: su fuerza, su eficacia y fortaleza no depende de ignorar lo que le hace daño al organismo, sino de identificarlo, asumirlo y combatirlo; lo contrario a eso lo hace débil, enfermo o, simplemente, inútil. La "paradoja de Sandy" señala, además, un déficit infame que ninguna consideración derivada de la política puede justificar seriamente sin comprometer, al mismo tiempo, la raíz pública de lo político: la complicidad –y responsabilidad– que colectivamente se puede tener con el silencio.

Cuba necesita reencontrarse consigo misma y con sus contradicciones, por más amargas que sean. Lo está haciendo ya –quizás lo ha hecho siempre–, pero esta vez lo está haciendo más desde las personalidades, las ínsulas, las islas que cada uno de nosotros somos. Ello realmente es imprescindible, pero ese proceso para que sea útil y trascendente, tiene que ser también colectivo, si no será –acaso solamente– egoísta, despiadado o, simplemente, estéril.

Reconocerse en sus múltiples identidades y singularidades, despedazar la imagen estereotipada o total que le han construido los medios de comunicación y que le impide verse completamente tal como ha sido y como fundamentalmente sigue siendo, como quiere ser, será imprescindible para impedir que detrás de esa imagen intrascendente, chata, vacía y desconcertante –el país atomizado y atomizador– que se alza desde nuestras contradicciones y desigualdades sociales, logre e imponga, al país solidario, la hegemonía de la ética de la incertidumbre que tan cara es a sus propósitos.

Ese inaplazable despliegue mediático –también de sus profesionales y de los ciudadanos-, tendrá que asumir como parte del extenso catálogo de situaciones que atañen e impactan de diferentes formas al marco civilizatorio construido en Cuba, las profundas asimetrías regionales y sus orígenes y consecuencias; descubrir, enfrentar y compartir las historias de vida, los desafíos cotidianos de sus hombres y mujeres, de sus ancianos e infantes que están en condición de pobreza; constatar, discutir e interpelar las disfunciones, deformaciones y decisiones de nuestro sistema político y económico, las zonas de intermitencia, ruptura y falla de las estructuras de desarrollo social-humano-ecológico, y hacerlo desatando el protagonismo ciudadano y sus enormes potencialidades emancipadoras y éticas en la concepción y concreción de la idea del socialismo.

La vertebración de un eficiente y abierto sistema de formación de opinión pública y de retroalimentación de lo político-institucional y del corpus de la sociedad civil resultará en ese esfuerzo, una condición imprescindible para que nuestras metas como individuos sean contenidas dentro de las metas del país. Sin dudas, esta será clave para que la continuidad y el perfeccionamiento democrático del proyecto social que se ha ensayado en Cuba no sucumba entre su progresivo anquilosamiento y envejecimiento utópico y el peso de las ideas que históricamente han funcionado como su contrapartida. La coincidencia colectiva en ese proyecto –de la que eclosionó el Socialismo en Cuba– dependerá siempre –como en el pasado– tanto de la posibilidad de poderlo interpretar colectivamente como de ser capaces, y estar en situación, de negociar entre todos una realidad social y política común.

Definitivamente, cualquier lógica social o institucional presente entre nosotros que haga de los medios de comunicación compartimentos estancos de los intereses y necesidades de legitimación política a costa de su capacidad de funcionar como un instrumento de plasmación, crítica, concepción y proposición de la realidad, y eficaz herramienta de control del poder en todos los niveles y zonas de ejercicio, acabará ella misma por producir –y sucumbir ante– eventos de dominación –dominaciones– que subordinarán y reducirán la acción individual y colectiva presentes en los procesos sociales a típicas acciones concertadas desde ejercicios de poder, influencia y autoridad de élites, grupos e individuos.

 
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